Que quede claro:

Algún día tendré un blog bonito. Lo juro por ésta.

viernes, 2 de diciembre de 2011

Frustrado y confundido (respuesta), primera parte


Esta columna será publicada en el número de enero de 2012 de la revista. Es en respuesta a un e-mail de un lector.

Te voy a hacer dos favores. Uno: voy a darte el consejo que me pides; dos: voy a tenerte poca compasión.

No tienes amigos gay, te sientes frustrado y confundido, no sabes cómo comportarte cuando entras a un antro, te reviertes a la edad de quince años cuando llega el momento de socializar con otros hombres gay. La raíz de todos tus problemas no es difícil de señalar (tú mismo lo has hecho): tienes cuarenta años y no has salido del clóset.

No es un proceso sencillo. Quienes lo hemos hecho, sufrimos casi todos ratos muy amargos. Hay quienes han perdido a sus amigos, su trabajo. Hay incluso quienes han perdido a su familia entera, aunque rara vez sucede esto. En todo caso, es increíblemente doloroso sentir que uno ha decepcionado a sus padres, a sus hermanos; ver cómo sus expectativas son reemplazadas por un profundo desencanto. En tu carta te refieres a la presión familiar que sientes. Créeme que, con ínfimas excepciones, todos los gays hemos sentido en algún momento dicha presión.

¿Por qué, entonces, algunos decidimos salir del clóset a pesar del miedo a las posibles consecuencias? En primer lugar, porque México no es Uganda, país en el que están por decretar la pena de muerte a los homosexuales. El nuestro es un país que deja mucho que desear en términos de aceptación de las minorías sexuales, pero también es uno de los pocos países del mundo en que es legal el matrimonio entre personas del mismo sexo (me refiero, por supuesto, al buen D.F.). Yo salí del clóset hace diecisiete años y en todo este tiempo no he sido víctima más que de un chiflido, un día que iba de la mano con mi pareja en la Condesa.

El otro motivo por el que decidimos salir del clóset a pesar de la presión familiar, es porque siempre supimos in petto que no teníamos de qué disculparnos. Así nacimos. Esto es lo que somos. Nadie elige su orientación sexual. Salimos del clóset con nuestras familias porque, de no aceptarlo nuestros padres, nuestros hermanos, nuestras pobres abuelitas, teníamos claro que el error no era nuestro, sino suyo. Estuvimos dispuestos a hacerlos llorar, porque la alternativa, para nosotros, es mucho más grave: vivir en la sombra, reducidos, autoinmolados. Tienes cuarenta años, no quince. ¿Qué es lo peor que puede pasar? ¿Estás dispuesto a sacrificar tu vida, tu felicidad, por no causarles un disgusto fuerte a tus padres?

La única solución que se te ha ocurrido es emigrar a otro país para poder salir del clóset. No es que tenga yo algo en contra de vivir en el extranjero (yo mismo soy exiliado), pero dime, ¿qué va a pasar cuando encuentres una pareja? ¿Vas a ocultarle a tu familia esa parte tan fundamental de tu vida? Es decir, ¿estás dispuesto a alejarte física y emocionalmente de tu familia tan solo para evitar el riesgo de que ellos te rechacen antes?

Sin conocerte, sin conocer a tu familia, puedo pronosticar lo siguiente: cuando salgas del clóset, habrá miembros de tu familia que finjan sorpresa —créeme, ya todos saben que eres gay— y miembros que te dirán que ya era hora de que dieras el gran paso. Los primeros tendrán que acostumbrarse a la idea (dales un año, sé compasivo); los otros te echarán la mano en lo que necesites.

Me preguntas si existe un manual para salir del clóset. No existe todavía, pero con gusto escribo uno para ti. Aquí lo publico el próximo mes.

miércoles, 30 de noviembre de 2011

Frustrado y confundido


Desde hace algún tiempo te leo en en la revista Dónde ir y ahora también en tu blog. Me parecen temas muy interesantes y espacios muy importantes para fomentar la tolerancia y los derechos de los homosexuales. Además de felicitarte, te escribo para pedirte un consejo. Estoy tratando de salir del clóset después de una vida pretendiendo ser lo que no soy, para lo cual he estado acercándome al mundo gay masculino. Después de algún tiempo, me encuentro un tanto frustrado y confundido. Pareciera que conforme pasa el tiempo me convierto más atractivo para las mujeres pero no necesariamente para los hombres. No sé si es una cuestión de que no sé cómo actuar ni como comportarme en los entornos gay, después de llevar una vida "heterosexual". He visitado clubs y bares gay, sobre todo en Europa y Norteamérica, en busca de conocer otros gays, hacer amigos, charlar y —¿por qué no?— en busca de encuentros sexuales también. Sin embargo, siempre termino en la barra solo, viendo cómo todo mundo llega con pareja o en grupo y sin poder interactuar con nadie. ¿Existe algún manual para salir del clóset exitosamente? ¿Cómo se hace para encontrar amigos gays? ¿Dónde encuentro gente con mis mismas preferencias sexuales sin tener que llegar y salir solo de otro antro gay?

¿Ha cambiado tu situación desde que me escribiste? ¿Qué edad tienes ahora y hace cuánto tiempo empezaste a salir a antros gay? ¿Sales en México también o solo en Europa y Estados Unidos?

Muchas gracias por tomarte el tiempo de responder. Veo que también ya estás activo en tu blog; eso es muy bueno. Lamentablemente, mi situación no ha cambiado y creo que no cambiará hasta que me decida de una vez por todas a salir del clóset, pero esto no es fácil. Lo que lo hace más difícil es precisamente las experiencias poco exitosas a la hora de adentrarme al mundo gay. Tengo 40 años, en México jamás he estado en un antro gay porque me da muchísimo miedo que alguien me reconozca y luego esto llegue a mi trabajo, familia, amigos, etc., aunque la verdad ya todo mi círculo sospecha: no se llega soltero y sin novia a los 40 sin que la gente no se imagine la verdad.

Estoy planeando emigrar de nuevo pero esta vez de forma definitiva, para salir del clóset al 100%. En México la presión familiar y el entorno es demasiado grande. Mientras llega ese día quisiera empezar a conocer gente gay fuera de México, tener amigos gays y construir un network. El problema es que cuando viajo y trato de hacerlo me es muy difícil. Siempre he tenido mucha facilidad para hacer amigos y he tenido éxito con las mujeres en el mundo "heterosexual", me considero una persona agradable, extrovertida y muy chistosa. No soy guapísimo, pero no creo ser feo tampoco. Sin embargo, al entrar a un antro gay (ya el entrar ha sido una batalla ganada) es como que el mundo se para y regreso a ser un puberto de 15 años en su primer salida de noche, sin saber qué hacer, sintiéndome muy nervioso; no se cómo dirigirme a otros hombres gays y al final la experiencia termina siendo un rotundo fracaso y me quedo por mucho tiempo en la barra sintiéndome aún más solo.

Lo anterior me produce aún más ansiedad para salir del clóset, aunque esto fuera en el extranjero. Me pongo a pensar si el mundo gay es simplemente sexo entre hombres que parecen dioses griegos como en las películas porno, que salieron del clóset en la adolesencia y se conocen de siempre. Todo lo demás de la vida deja de existir por el sexo. Sería un mundo vacío y solitario al que no quisiera entrar sacrificando la vida que tengo ahora. Creo que ya me pasé de cursi, pero más o menos es como me siento en este momento. No se qué sería peor, si ser un gay declarado en un mundo al que no me adapto o un gay reprimido en un mundo que a pesar de negar mi sexualidad me produce otras satisfacciones?

Ya escribí demasiado; no me gusta escribir. Realmente espero que a ti te esté yendo mejor en la vida.

martes, 22 de noviembre de 2011

Reflexiones sobre los celos


La siguiente columna fue publicada en el número de abril de 2011.

No existe peor emoción que los celos. Las personas que sufren de celos se dividen en dos categorías: quienes reaccionan violentamente —ya sea con gritos, golpes o llanto y mocos— y quienes procuran que los celos no se sobrepongan a su capacidad de raciocinio. Estos últimos se la pasan mucho peor, porque entender racionalmente que los celos son irracionales no los hace menos punzantes. Así, quien piensa, “Qué pendejada que me esté sintiendo celoso”, no solo se siente celoso, sino pendejo. Más vale aventar el teléfono o romper un vidrio, para al menos mitigar un poco el berrinche.

Quienes confunden la ciencia con las tradiciones sociales opinan que la existencia de los celos demuestra que los seres humanos tenemos una predisposición a la monogamia. Sin embargo, los estudios antropológicos más recientes (léase Sex at Dawn de Christopher Ryan) demuestran que los antecesores del Homo sapiens, e incluso el Homo sapiens a lo largo de casi toda su historia, no practicaron la monogamia. Incluso ahora, en que se calcula que el 80% de los varones y el 40% de las mujeres casados tienen relaciones extramaritales al menos una vez a lo largo del matrimonio, es difícil aseverar que la monogamia es una práctica natural. Más probable es que la monogamia sea un acuerdo social y los celos una consecuencia del condicionamiento.

En un estudio reciente, se les preguntó a centenares de personas heterosexuales de edad universitaria cómo reaccionarían ante la infidelidad de su novio o novia hipotética. Los resultados echan una luz interesante a nuestra conversación: de todas las posibles variables (por ejemplo, si el engaño era aislado o repetitivo, o si era con una sola persona o con varias) la única variable que afectó los resultados significativamente fue la relacionada con el sexo de la persona con quien se practicaba el engaño. De acuerdo con el estudio, los hombres están mucho más dispuestos a perdonar a una novia infiel si esta los engaña con una mujer y no con otro hombre. En cambio, las mujeres están más dispuestas a perdonar a un novio infiel si este las engaña con otra mujer y no con un hombre.

La sicología evolutiva diría que el miedo de los hombres a que la novia tenga una “aventura” heterosexual tiene que ver con que su paternidad se ve amenazada, pero no explica por qué las mujeres “prefieren” que su novio las engañe con otra mujer a que las engañe con un hombre. Dada la edad de los participantes del estudio, es probable que la explicación de los resultados no tenga tanto que ver con la sicología evolutiva, sino que responda a la percepción que tiene la generación de adultos nuevos acerca de las orientaciones sexuales. Si un hombre se entera que su novia tuvo relaciones sexuales con otro hombre, cabe un 78 por ciento de posibilidad de que los celos aniquilen la relación. Sin embargo, solo un 50 por ciento de los hombres dijo que sentiría celos si su novia los engañara con otra mujer. ¿Por qué? Porque los varones de esa generación conciben el sexo lésbico casi como una travesura inconsecuente. Sin embargo, si una mujer se entera que su novio tuvo relaciones sexuales con otro hombre, es muy probable que deduzca que su novio es gay. Es también probable que esté en lo cierto.

domingo, 13 de noviembre de 2011

Domingo


Si acaso el cerebro común y corriente cambia y evoluciona durante la juventud de una persona, el mío debe haberse atrofiado por causa de la masturbarción. Desperté hoy con pensamientos sexuales, lo cual no es nuevo. Anoche fui a dormirme con pensamientos sexuales. En las últimas semanas he sufrido o he gozado de pensamientos obsesivamente sexuales: durante el trabajo, durante el ejercicio, durante las horas de descanso.

El huésped en mi cerebro es un pequeño adolescente que vive como si no existieran los ciclos, como si la primavera fuera perpetua.

No puedo escribir más. Tendré que recurrir al consabido remedio a corto plazo. Luego, si mi cerebro me deja, una o dos horas en el gimnasio.

martes, 8 de noviembre de 2011

Porno circa 1990


Para celebrar mi regreso a este blog después de diez meses de ausencia, decidí, por primera vez, publicar una columna aún inédita.

La siguiente columna será publicada en el número de diciembre de 2011.

En los años 90, los interesados en comprar videos pornográficos podían ir a la glorieta de Chapultepec, donde los vendedores ambulantes ofrecían copias pirata de películas gringas en formato VHS. Los videocasets no pesaban mucho, pero eran del tamaño y la forma de un tomo de enciclopedia, por lo que no era fácil crear una colección personal sustantiva —y discreta— de películas porno. Yo llegué a acumular unos ocho o nueve videos durante aquella década. Recuerdo hasta hoy varias escenas de las películas porque las vi exhaustivamente, como si la intención hubiera sido la de memorizar cada detalle.

La mayoría de los hogares mexicanos no contaba con más de una videocasetera, por lo que ver películas porno, para quienes vivían con sus padres o con una pareja incomprensiva, requería de mucho sigilo y cautela. Uno no dependía de la calentura para ver pornografía, sino de la oportunidad. “No hay nadie en la casa; tengo unos quince minutos, máximo veinte.”

Lo primero que uno veía tras haber oprimido el botón de Play era un par de advertencias mentirosas. La primera aseguraba que, si uno había comprado una copia pirata del video, el FBI iba a llegar cualquier día a cobrarle medio millón de dólares. La segunda advertencia afirmaba que el propósito del video que uno estaba por ver era didáctico, como si a alguien en verdad se le fuera ocurrir educar a sus hijos con semejante inmundicia.

La pornografía de este siglo eliminó hace tiempo la trama, por lo que las películas de ahora se acercan más al género del periodismo alarmista. En los 90, sin embargo, la historia era parte fundamental de las películas, sin bien dejaba siempre mucho que desear. Por ejemplo: llegaba un hombre híper musculoso a entregar el pedido de un colchón. Otro hombre abría la puerta y le indicaba dónde poner la mercancía, que con frecuencia era en medio de la sala. “Quizá sería una buena idea que probara usted el colchón”, sugería el repartidor, que tenía puesto un overol, pero no llevaba camiseta. En este punto, sobre un colchón sin sábanas, daba inicio la parte estrictamente didáctica de la película.

Cada espectador de películas porno tiene sus partes favoritas: ángulos cinematográficos, imágenes, escenas o prácticas sexuales que despiertan el apetito carnal por encima del resto de la película. Si uno quería ver una escena particularmente inspirada repetidas veces, no tenía más que oprimir el botón de REW, ver el acto sexual susodicho de atrás para delante y luego en orden cronológico otra vez. De igual forma, si uno no tenía interés en la trama, en el diálogo o en cualquier índole de preludio sexual, bastaba con oprimir el botón de FFWD y acelerar los sucesos hasta dar con una escena subjetivamente más festiva. Por último, existía el botón de pausa, que más o menos lo dejaba a uno ver imágenes fijas. El problema es que la pausa venía siempre seguida de una o más líneas horizontales que brincaban continuamente en la pantalla y bloqueaban las partes interesantes; las partes cochambrosas por las que uno había apretado el botón de pausa.

La pornografía de este siglo es más directa, variada, accesible y abundante; es decir, mucho mejor. Con todo, este texto va dedicado a los vendedores ambulantes de la glorieta de Chapultepec, que nos hicieron tan felices durante años.

viernes, 7 de enero de 2011

Para el 2011


La siguiente columna fue publicada en el número de diciembre de 2010.

Que el siguiente año sea de tolerancia o —mejor aún— de aceptación. Que nadie juzgue a los individuos por causa de su orientación sexual; del objeto de su deseo y amor. Que haya respeto por las diferencias; que las diferencias sean motivo de festejo. El anhelo de una sociedad homogénea ha tenido siempre consecuencias nefastas para todos.

Que la pareja que va por la calle se tome de la mano si así lo desea, sin temor a despertar el odio en los desconocidos, sin temor a las represalias. Que el amor de unos inspire el amor en otros, no su pánico o desprecio. Que la gente pueda quererse, besarse al aire libre, impunemente. Que las calles se llenen de cariño o, cuando menos, de respeto.

Que los débiles se hagan fuertes y que los fuertes defiendan a los débiles. Que la gente de sentido común abra la boca, discuta, sea escudo protector: la discriminación no es sólo problema de los discriminados. Que, a su vez, las víctimas renuncien a serlo. Que el abuso termine con la nueva generación; que la nueva generación ignore la letanía de supuestas desventajas e imperfecciones con que la historia y la sociedad han adornado a nuestra gente. No somos peores y no somos mejores: somos individuos.

Que las mayorías no intenten imponer su moralidad, su última palabra. Que la religión deje de usarse como cuchillo filoso y quienes presumen de estar más cerca de Dios descubran la incongruencia de su discurso. Que la diversidad sea motivo de celebración y no de pequeñas inquisiciones. Que la Iglesia se quede en la iglesia. Que se ocupen de limpiar sus propios trapitos sucios, que son tantos; seculares.

Que se abran de golpe las puertas del clóset, que nada haya por ocultar. Que nadie se deje encerrar en la oscuridad del armario por causa de la fobia, la ignorancia y el odio; mucho menos el odio de uno mismo. La vida auténtica no es sólo un derecho, sino una responsabilidad. El mundo cambia significativamente cada vez que alguien elige ser honesto. Las consecuencias, a la larga, siempre son positivas.

Que los padres amen a sus hijos incondicionalmente; que los quieran no a pesar de ser diferentes, sino precisamente porque lo son. Que aquello de “antes un hijo drogadicto que un hijo maricón” nunca más vuelva a escucharse. Los padres de expectativas y condiciones injustas son, más que padres, verdugos.

Que los gobernantes no sean nuestros enemigos. Que velen por los derechos y la igualdad de todos; no sólo de los favoritos y los poderosos. Que el resto del país aprenda lo que tiene que aprender del tan envidiado y vituperado Distrito Federal.

Que la humanidad se pinte de rosa, de colores. Que la marcha del orgullo sea de orgullo para todos. Que para el próximo diciembre estos anhelos sean ya anacrónicos y que pueda pedir algo más modesto: un iPhone 4, por ejemplo.

lunes, 3 de enero de 2011

Limbo


Escribí una de esas cartas que se escriben pasada la media noche y que nunca, por nada, deben enviarse al instante de haberlas terminado. Algo tiene la madrugada que provoca un ensayo de honestidad exagerada; una sinceridad punzante. A mi edad —y tras haber enviado varias de esas cartas a lo largo de mi vida (amorosa) inmediatamente después de haberlas escrito— tengo claro que hay que esperar unas horas antes de tomar acciones irreversibles. El sueño repara la mente; reinstaura los filtros mentales. Mañana temprano abriré los ojos, releeré la carta y diré en voz alta: "Esto no puede ser".

Las cartas que nunca se envían, como los niños no bautizados, tienen destinadas un par de alitas en el limbo.