En los años 90, los interesados en comprar videos pornográficos podían ir a la glorieta de Chapultepec, donde los vendedores ambulantes ofrecían copias pirata de películas gringas en formato VHS. Los videocasets no pesaban mucho, pero eran del tamaño y la forma de un tomo de enciclopedia, por lo que no era fácil crear una colección personal sustantiva —y discreta— de películas porno. Yo llegué a acumular unos ocho o nueve videos durante aquella década. Recuerdo hasta hoy varias escenas de las películas porque las vi exhaustivamente, como si la intención hubiera sido la de memorizar cada detalle.
La mayoría de los hogares mexicanos no contaba con más de una videocasetera, por lo que ver películas porno, para quienes vivían con sus padres o con una pareja incomprensiva, requería de mucho sigilo y cautela. Uno no dependía de la calentura para ver pornografía, sino de la oportunidad. “No hay nadie en la casa; tengo unos quince minutos, máximo veinte.”
Lo primero que uno veía tras haber oprimido el botón de Play era un par de advertencias mentirosas. La primera aseguraba que, si uno había comprado una copia pirata del video, el FBI iba a llegar cualquier día a cobrarle medio millón de dólares. La segunda advertencia afirmaba que el propósito del video que uno estaba por ver era didáctico, como si a alguien en verdad se le fuera ocurrir educar a sus hijos con semejante inmundicia.
La pornografía de este siglo eliminó hace tiempo la trama, por lo que las películas de ahora se acercan más al género del periodismo alarmista. En los 90, sin embargo, la historia era parte fundamental de las películas, sin bien dejaba siempre mucho que desear. Por ejemplo: llegaba un hombre híper musculoso a entregar el pedido de un colchón. Otro hombre abría la puerta y le indicaba dónde poner la mercancía, que con frecuencia era en medio de la sala. “Quizá sería una buena idea que probara usted el colchón”, sugería el repartidor, que tenía puesto un overol, pero no llevaba camiseta. En este punto, sobre un colchón sin sábanas, daba inicio la parte estrictamente didáctica de la película.
Cada espectador de películas porno tiene sus partes favoritas: ángulos cinematográficos, imágenes, escenas o prácticas sexuales que despiertan el apetito carnal por encima del resto de la película. Si uno quería ver una escena particularmente inspirada repetidas veces, no tenía más que oprimir el botón de REW, ver el acto sexual susodicho de atrás para delante y luego en orden cronológico otra vez. De igual forma, si uno no tenía interés en la trama, en el diálogo o en cualquier índole de preludio sexual, bastaba con oprimir el botón de FFWD y acelerar los sucesos hasta dar con una escena subjetivamente más festiva. Por último, existía el botón de pausa, que más o menos lo dejaba a uno ver imágenes fijas. El problema es que la pausa venía siempre seguida de una o más líneas horizontales que brincaban continuamente en la pantalla y bloqueaban las partes interesantes; las partes cochambrosas por las que uno había apretado el botón de pausa.
La pornografía de este siglo es más directa, variada, accesible y abundante; es decir, mucho mejor. Con todo, este texto va dedicado a los vendedores ambulantes de la glorieta de Chapultepec, que nos hicieron tan felices durante años.

Híjole... tu post me recordó lo feliz que me hizo tener videocastera en mi cuarto!
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william levy