Que el siguiente año sea de tolerancia o —mejor aún— de aceptación. Que nadie juzgue a los individuos por causa de su orientación sexual; del objeto de su deseo y amor. Que haya respeto por las diferencias; que las diferencias sean motivo de festejo. El anhelo de una sociedad homogénea ha tenido siempre consecuencias nefastas para todos.
Que la pareja que va por la calle se tome de la mano si así lo desea, sin temor a despertar el odio en los desconocidos, sin temor a las represalias. Que el amor de unos inspire el amor en otros, no su pánico o desprecio. Que la gente pueda quererse, besarse al aire libre, impunemente. Que las calles se llenen de cariño o, cuando menos, de respeto.
Que los débiles se hagan fuertes y que los fuertes defiendan a los débiles. Que la gente de sentido común abra la boca, discuta, sea escudo protector: la discriminación no es sólo problema de los discriminados. Que, a su vez, las víctimas renuncien a serlo. Que el abuso termine con la nueva generación; que la nueva generación ignore la letanía de supuestas desventajas e imperfecciones con que la historia y la sociedad han adornado a nuestra gente. No somos peores y no somos mejores: somos individuos.
Que las mayorías no intenten imponer su moralidad, su última palabra. Que la religión deje de usarse como cuchillo filoso y quienes presumen de estar más cerca de Dios descubran la incongruencia de su discurso. Que la diversidad sea motivo de celebración y no de pequeñas inquisiciones. Que la Iglesia se quede en la iglesia. Que se ocupen de limpiar sus propios trapitos sucios, que son tantos; seculares.
Que se abran de golpe las puertas del clóset, que nada haya por ocultar. Que nadie se deje encerrar en la oscuridad del armario por causa de la fobia, la ignorancia y el odio; mucho menos el odio de uno mismo. La vida auténtica no es sólo un derecho, sino una responsabilidad. El mundo cambia significativamente cada vez que alguien elige ser honesto. Las consecuencias, a la larga, siempre son positivas.
Que los padres amen a sus hijos incondicionalmente; que los quieran no a pesar de ser diferentes, sino precisamente porque lo son. Que aquello de “antes un hijo drogadicto que un hijo maricón” nunca más vuelva a escucharse. Los padres de expectativas y condiciones injustas son, más que padres, verdugos.
Que los gobernantes no sean nuestros enemigos. Que velen por los derechos y la igualdad de todos; no sólo de los favoritos y los poderosos. Que el resto del país aprenda lo que tiene que aprender del tan envidiado y vituperado Distrito Federal.
Que la humanidad se pinte de rosa, de colores. Que la marcha del orgullo sea de orgullo para todos. Que para el próximo diciembre estos anhelos sean ya anacrónicos y que pueda pedir algo más modesto: un iPhone 4, por ejemplo.

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