Alguien me llamó la atención al hecho de que soy un negligente, al menos en lo que respecta a este blog.
Hoy tengo ambas piernas sangradas, por lo que podría considerarse que este texto es un acto de redención. El estigma de mi pierna izquierda es consecuencia de un madrazo que me propiné por ir con la mirada puesta en el cielo, no tanto en búsqueda de lo divino como de indicios de una tormenta eléctrica. Iba corriendo —cosa que hago con regularidad— y no calculé adecuadamente la altura de algo, quién sabe qué. La cosa es que me tropecé y me fui de frente y me torcí la muñeca de una mano (ya de por sí algo torcida, de nacimiento) y me raspé la rodilla con más fuerza y gravedad de lo que quisiera admitir, acaso por motivo de mis setenta y cinco kilos.
El estigma de mi pierna derecha es el resultado de un retoque cosmético que tuve que hacerle a un tatuaje añejo. El tatuaje es sencillo; dice: “42 km”. Quien tenga cabeza sabrá que cuarenta y dos kilómetros es la medida exacta de un maratón. Sin embargo, el imbécil responsable de dibujar tan sencillo tatuaje rellenó por error y casi por completo el triángulo isósceles (no sé si en verdad lo sea) del número 4. En consecuencia, la gente de escasa imaginación, que según mi cálculo es el 84%, suele preguntarme: “¿Qué significa doce kilómetros?” (Porque confunden el 4 con un 1, se entiende.) Uno creería que esta pregunta suele provenir sólo de los no iniciados en las carreras de larga distancia, pero no, hasta maratonistas mismos han indagado al respecto. Por este motivo hoy decidí corregir el error. Fui con un profesional —que Dios lo bendiga—, quien corrigió el tatuaje con tinta blanca y mucho talento artístico. Ahora sí, no hay grado de retraso mental tan severo que pueda provocar confusión en quien ponga los ojos en mi pantorrilla derecha: se trata inequívocamente de un 4.
El chistecito me costó ciento veinte dólares.
En otros asuntos de mayor importancia, la Suprema Corte de Justicia está a punto de avalar los matrimonios gay en el Distrito Federal, lo cual nos tiene a todos muy contentos. Sé que hace años no vivo en por esos lares, pero juro que ni el acento chilango lo he perdido. Para demostrarlo concluyo con lo siguiente: Que chinguen su madre los demás.

Jjajaja!! Estoy en el suelo agarrándome el estómago de risa. El sólo imaginar la forma en que tropezaste (también según como lo narras) más aparte el asunto del "número 12" ¡están de huevos!
ResponderEliminarFelicidades por tu blog, encontré la URL en una columna (¿Has venido antes en miércoles?) de la revista DÓNDE IR - Cd. de México del mes de julio. Recibe un gran saludo de mi parte.
http://esemiblooog.blogspot.com/
PARKER, en efecto, en esa revista publico mensualmente. Gracias por venir a visitarme. Nos vemos en tu blog.
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