El siguiente texto fue publicado en la revista Runner's World (edición México) en abril de 2010.
De niño le robaba las medallas de natación a mi hermano Ricardo. Mis otros dos hermanos, los mayores, también ganaban muchas medallas; más por empeño y rivalidad que por talento espontáneo. Ricardo, por el contrario, era un nadador nato: los premios se multiplicaban en su colección como si fueran bacterias.
Mi papá nos mandó a hacer unos marcos de terciopelo rojo para exhibir nuestras medallas. Mi marco estaba prácticamente vacío. En el marco de Ricardo, en cambio, las condecoraciones se encimaban sin pudor a falta de espacio. No sólo eso: en un cajón de nuestra cómoda había una bolsa de plástico con todas las medallas de Ricardo ganadas en competencias menores; premios que, para él, eran indignos de exhibición. De ahí es de donde le robé las medallas a Ricardo para ponerlas en mi marco.
Las virtudes que impulsaban a mis hermanos a entrenarse y conquistar —sus habilidades naturales, su espíritu de competencia— me eran ajenas. No es que no me interesara ganar medallas o ser un buen nadador; sencillamente, no estaba dispuesto a invertir el esfuerzo necesario para obtener resultados dignos de laureles. Lo que es más: estaba convencido de mi falta de talento deportivo, por lo que no hallaba mérito alguno en el intento. De no ser porque mis papás me llevaban a los entrenamientos más o menos con la oreja torcida —hasta tres horas diarias—, me habría quedado en casa todas las tardes a ver la tele o leer novelas de misterio. Durante las horas de natación de mis hermanos, les habría robado las medallas.
Con esa imagen de mí mismo llegué a la edad adulta: fodongo, antideportista, gordo. “Lo único que tienes de atleta es el pie”, bromeaba conmigo mi mamá.
Hace cinco años, a los treinta y cuatro, decidí entrenarme para correr un maratón. No recuerdo qué me impulsó a hacerlo. Vi en la calle un anuncio de una organización que entrena a neófitos y, de pronto, ya estaba yo inscrito y comprometido a recaudar tres mil dólares para contribuir a la lucha contra el SIDA. Por aquella época hacía ejercicio moderado: media hora de pesas tres veces a la semana y, de vez en cuando, dos o tres kilómetros a paso muy ligero. Entre mi capacidad aeróbica y el esfuerzo necesario para correr un maratón había una distancia inconmensurable.
El primer día de entrenamiento me hicieron correr cinco kilómetros y, para deleite mío, pude hacerlo sin dejar el alma a medio camino. Con base en los resultados me pusieron en un equipo con corredores hasta quince años menores que yo. Con este equipo me entrené cada sábado durante cuatro o cinco meses. Cada semana corríamos distancias progresivamente mayores, inverosímiles: ocho, doce, veinte kilómetros... Había sábados en que uno o dos de los corredores de mi equipo no completaban la distancia programada por tener dolor en las rodillas, espinillas o cadera. Algunos, los de estructura ósea más frágil, dejaron el entrenamiento por completo. Por fortuna, yo nunca tuve problemas que me impidieran seguir el calendario al pie de la letra. En cambio, bajé poco a poco los cinco kilos que llevaba de más y contemplé con placer los cambios en la musculatura de mis piernas y abdomen.
Un sábado en que nos tocaba correr treinta kilómetros, cuando llevábamos unos veinticinco recorridos, el entrenador se acercó a mi equipo para preguntarnos, uno por uno, cómo nos sentíamos. Yo le dije que iba bien, sin problema alguno. “Claro, es obvio que tu cuerpo está hecho para el aguante”, me dijo. (Como me entrené en Estados Unidos, la palabra que usó fue endurance, que significa “aguante” o “resistencia”.)
Aunque su intención no era la de hacerme un cumplido, es lo más bonito que me han dicho en la vida. Jamás se me había ocurrido que mi cuerpo estuviera hecho para nada, como no fuera la acumulación de calorías. Sin saberlo, con una declaración hecha de paso, mi entrenador cambió de golpe mi autoimagen. En los cinco años que han pasado desde entonces, la noción de que estoy “hecho para el aguante” me ha mantenido a flote no sólo durante las distancias largas, sino en todos los momentos difíciles de mi vida: el agotamiento en el trabajo, la mudanza a una ciudad desconocida, los conflictos en mis relaciones, la enfermedad y muerte de mi papá.
Dicen que casi todos lo que corren distancias largas desarrollan un mantra —una repetición incesante de palabras— que los ayuda durante los momentos más arduos; por ejemplo, el mantra de un amigo: “Ya casi, ya casi, ya casi...”. Mi mantra, mucho más largo, surgió espontáneamente el día en que corrí mi primer maratón, el Maratón de San Francisco, por ahí del kilómetro treinta y ocho: “Los niños gordos no corren maratones, los niños gordos no corren maratones...”
Llegué a la meta agotado, con ganas de vomitar y llorar, pero sin la energía suficiente para hacerlo. Nunca me había sentido tan mal; nunca me había sentido tan estupendamente orgulloso. Cuando di con mis hermanos mayores, que también hicieron el maratón, lo primero que dije fue: “¿Cuándo corremos el siguiente?”
Nos fuimos de regreso a la casa: deshidratados, cojeando, adoloridos. Yo llevaba mi medalla al cuello.

Uau. A mí me pasaba algo similar con el futbol. Sí me gustaba, a excepción de cómo se ponían todos si no ganábamos. Ahí estaba mi desmotivación. El enfoque competitivo que fomentaban a mi alrededor; por ejemplo, en la escuela, no era el correcto para mí. Igual, de adolescente no me creía apto para ningún deporte hasta que empecé a correr, y a nadar esporádicamente. Igual, llevo dos años que participo en la carrera 10K de Nike, y aunque ahora, por mis largas jornadas de trabajo no he continuado con mis visitas al parque, me siento especialmente motivado por tu texto. Algunas veces que corrí poco más de 20 km cuando estudiaba la universidad me dejaron una satisfacción enorme, que recuerdo con gran cariño. Tengo en la cabeza las instantáneas de esos momentos.
ResponderEliminarSe me acaba de ocurrir que puedo entrenar para un maratón. Saludos.