La siguiente columna fue publicada en el número de abril de 2005 (la nota de pie de página es nueva).
Iba a escribir este mes acerca de los comentarios que el presidente de la Unión Nacional de Padres de Familia hizo a raíz de los spots que se escucharon en la radio en el mes de marzo; spots laudables que fueron transmitidos con la intención de promover la tolerancia de los homosexuales en México: “[Estamos] de acuerdo en combatir la homofobia”, dijo Guillermo Bustamante, “[pero] el homosexualismo [sic] busca el que socialmente y en especial la familia, acepte lo que de suyo es antinatural y aberrante”. La gramática tan atroz, la contradicción tan transparente y la debilidad mental con que el señor Bustamante hilvana sus ocurrencias serían motivo de carcajadas de no ser porque fomentan la discriminación de una de las minorías más atacadas en nuestro país. Para ahorrarme la explosión hepática he decidido, en cambio, escribir acerca de ciertos pingüinos.
Un diario de Japón publicó recientemente esta noticia: los acuarios de Tokio cuentan con casi veinte parejas de pingüinos homosexuales. La noticia, científica y desapasionada, coincidió con la publicación en Nueva York de un artículo similar, pero de matices más sentimentales: la historia de Roy y Silo, pingüinos residentes del zoológico de Central Park: machos ambos, de muy buen ver y homosexuales confirmados. Tras años de feliz amasiato, Roy y Silo decidieron un buen día construir juntos un nido, poner una piedra al centro y empollarla y protegerla cual huevo. Conmovidos ante el gesto tan paternal como infructuoso, los guardianes del zoológico decidieron reemplazar la piedra con un huevo de verdad. Así, semanas más tarde Roy y Silo vieron salir de su cascarón a Tango, una hembrita sana, a quien sus padres adoptivos protegieron y alimentaron hasta el día en que, preparada para enfrentar el mundo a solas, Tango dejó el nido.*
Algo semejante sucedió hace poco en el zoológico de Berlín: los celadores alemanes anunciaron a la prensa que seis de sus diez pingüinos en cautiverio eran machos homosexuales y que, en consecuencia, no mostraban interés alguno en procrearse por medio de la cópula con la única hembra disponible en el acuario. Heterosexuales al fin y al cabo, los celadores supusieron que los pingüinos eran gay no por gusto y naturaleza sino por falta de variedad de hembras, como sucede con los reos en las prisiones (al menos en las películas pornográficas). Así, tuvieron la brillante idea de importar unas cuantas pingüinas de Suecia. “Nadie resiste a una sueca voluptuosa”, habrán pensado. Sobra decir que el experimento falló (como han fallado todos los experimentos similares que se han practicado con seres humanos): las pobres hembras suecas viven ignoradas por el clan de homosexuales, mientras que los pingüinos de ambiente siguen gozando a sus anchas del sexo “antinatural y aberrante”, como lo llama el homófobo don Guillermo.
Que cada quien saque sus propias conclusiones.
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* La historia de Roy, Silo y Tango fue recreada en un estupendo libro para niños: didáctico en cuanto a las familias que tienen dos padres o dos madres.

¡Excelente! ¡Muy ad hoc con estas fechas que se aprobó el matrimonio gay con adopción! Yo quiero ese libro!!!
ResponderEliminary gracias por agregar paco y hugo a los blogs chidos.
Quiero agregar: cuando leí el titulo, ¡Creí que ya te habás obsesionado con las golosinas mexicanas! JA JA JA
ResponderEliminarCon gusto, Augusto. Va bien el cómic. Me está latiendo.
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