
miércoles, 30 de diciembre de 2009
Sabroso racismo

Otro cliente satisfecho
No sé cada cuándo tengan pensado renovar la sección de mi columna en el sitio de la revista en línea. Las columnas que tienen publicadas son de hace varios meses y ninguna de las dos me parece particularmente buena (todos mis textos dejan de entusiasmarme a la semana de haberlos escrito).
Hoy descubrí una segunda nota encabronada a raíz de mi columna “México gordo”, en la que hablo sobre mi trastorno alimenticio y en la que menciono —sólo de paso— que México es el segundo país más obeso del mundo. He aquí la nota (cito verbalmente):
"1. eres un imbecil!!!
Buscando referencias de un bar en la zona rosa, tuve la desgracia de toparme con esta columna, verdaderaemente es una pena que tu tambien seas gay, eres un perfecto IDIOTA... tu no puedes ni debes juzgar porque razones la gente tiene sobrepeso no es solamente por comer, pedazo de idiota, deberias terminar la primaria, leer algo mas que los panfletos gay y medir la manera como escribes, si a esto se le llama escritura....."
Antes de empezar este blog decidí que no me metería en pleitos absurdos con sus lectores. (Un contraataque fácil: señalar la ironía de que se me acuse de no haber terminado la primaria mediante un comentario plagado de faltas de puntuación y ortografía.) Lo mismo hago con la correspondencia electrónica que recibo a raíz de mi columna: si el e-mail invita al diálogo inteligente, suelo contestarlo; si, por el contrario, pretende sólo insultarme, lo borro inmediatamente.
Por buey contesté al comentario anterior sin aguardar cuando menos un día. Las primeras dos oraciones de mi respuesta son justas e invitan al diálogo: si tuviera la oportunidad de editar mi respuesta, las dejaría intactas. La tercera y última oración, sin embargo, no busca más que encabronar (a manera de venganza) a quien me dejó el comentario. Ojalá pudiera retractarme, pero no tengo forma de hacerlo. He aquí mi respuesta:
"No voy a defender aquello de "imbécil" e "idiota", porque no niego serlo. Sin embargo, dime en qué momento dije yo que la sobrealimentación es la única causa de la gordura en México. Siento mucho haberte tocado la lonja por accidente."
Intentaré ser más ecuánime en este foro.
martes, 29 de diciembre de 2009
Esposo, acostón, amigo, muerto
martes, 22 de diciembre de 2009
Declaro la guerra en contra de...
viernes, 18 de diciembre de 2009
Para hacerles cosquillas
miércoles, 16 de diciembre de 2009
Comentarios
martes, 15 de diciembre de 2009
En defensa de la basurita
viernes, 11 de diciembre de 2009
La técnica perfecta
Antes de que la aerolínea lo contratara, Kyle trabajaba en un The Gap. Como consecuencia, sabe doblar las sudaderas con cachucha con una técnica estupenda, que consiste en enrollar el torso de la sudadera para luego envolverlo y sujetarlo con la cachucha misma, creando así un paquete de algodón perfecto. Es, ya lo dije, una técnica genial.
Tengo, cuando menos, cinco sudaderas de esta índole. Una es gris y tiene las mangas desgastadas de tanto uso. La compré hace diez años cuando menos. Recuerdo que un ex novio la olvidó alguna vez en casa de un tipo con quien me puso el cuerno —la noche misma en que me lo puso—, pero afortunadamente la recuperó dos días más tarde. Es una sudadera cargada de recuerdos, no todos positivos.
Años más tarde compré otra sudadera gris, idéntica de no ser porque el tiempo apenas la ha marcado. Me gusta menos que su antecesora; es una prenda sin mucha personalidad.
Colgada de la parte interior de la puerta del clóset tengo una sudadera azul marino que sólo uso para ir y venir del gimnasio. A veces huele a sudor porque no la lavo muy seguido. No es un olor que me moleste; por el contrario, me hace pensar en los frutos del ejercicio energético.
Otra sudadera, también azul marino, dice “14th & Dolores”, que alguna vez fue mi dirección en San Francisco: un estudio sensacional en el que apenas viví un año, para luego mudarme al departamento de Fillmore St con mi amiga Christina. Esta sudadera pasará a ser mi favorita cuando la primera que mencioné, la gris con las mangas desgastadas, haya dejado de existir.
Finalmente, tengo una sudadera roja con amarillo que me gusta mucho pero que rara vez me pongo porque no se me ve tan bien como yo quisiera. La compré el año pasado. Cuando llegue la primavera veré qué tal se me ve con shorts, ya que con jeans la combinación no es muy afortunada.
Hace más de un mes que no veo a Kyle. Esta noche nos vamos a encontrar en Dallas. Se trata de un viaje más o menos espontáneo. No teníamos pensado vernos ya sino hasta su regreso de Oklahoma en enero, pero hace unos días decidimos que la espera era demasiado larga. Lo que más echo de menos es tenerlo a mi lado al momento de irme a dormir.
Quizá le pida en este viaje que me enseñe a doblar mis sudaderas. En verdad que su técnica es maravillosa, adorable, perfecta para mí.
jueves, 10 de diciembre de 2009
Roce con el king of the world
Mi pareja y yo fingimos ambos tener dignidad y nos esforzamos por mantener la compostura a lo largo del vuelo. Sin embargo, al bajarnos del avión, ya en privado, comparamos nuestras observaciones para capturar en detalle el evento y luego narrárselo a todos nuestros conocidos. Al tiempo que recapitulábamos los pormenores, poco nos faltó para dar brinquitos de la emoción, demostrando una vez más que los gays tenemos corazón de quinceañera.
Como no basta esta revista entera para describir el encuentro, me limitaré a reportar los momentos más significativos en orden cronológico:
Leonardo trae puesta una cachucha de beisbol y unos pants deportivos de gamuza gris (horrendos). Antes de despegar, Leonardo se toma una foto con su BlackBerry y se la envía a alguien (destinatario desconocido). Leonardo saca de abajo del asiento una bolsa de papel estraza de Burger King; se come una hamburguesa a grandes mordiscos y se la traga casi sin masticar; más tarde se come las uñas. Leonardo lee el guión de una película que se llama The Firm —igual que la de Tom Cruise— y repite el diálogo en voz baja. Leonardo pide un filete de atún y un refresco de limón. Leonardo enciende su computadora y ve un fragmento de un documental que mi pareja no consigue identificar. Clímax: Leonardo se levanta al baño; al pasar delante de mi pareja se le levanta un poco la chamarra de gamuza; usa calzones de The Gap; no se le ven las pompas por ningún lado. Leonardo se quita la cachucha antes de reclinar el asiento para dormirse; el pelo ha adquirido la misma forma de la cachucha, lo cual le da un aire ligero de oligofrénico. Leonardo se queda dormido un rato; no ronca. Cuando se despierta, mi pareja se atreve a hablarle por vez primera, fingiendo aún indiferencia: le ofrece un chicle; Leonardo lo acepta. Al tiempo que observo a Leonardo meterse el chicle en la boca, pienso: “Yo compré esos chicles”, y se me ocurre que es casi como si lo estuviera besando en la boca.
Cuando aterrizamos y estamos en proceso de desabordar, calculo los pasos de la gente para que Leonardo y yo lleguemos a la puerta del avión al mismo tiempo, pero por distintos pasillos. Lo dejo pasar antes de mí. Como no levanta la vista ni me da las gracias, pienso: “Pinche actor de mierda; ni que fueras Brad Pitt”.
