Mi pareja y yo fingimos ambos tener dignidad y nos esforzamos por mantener la compostura a lo largo del vuelo. Sin embargo, al bajarnos del avión, ya en privado, comparamos nuestras observaciones para capturar en detalle el evento y luego narrárselo a todos nuestros conocidos. Al tiempo que recapitulábamos los pormenores, poco nos faltó para dar brinquitos de la emoción, demostrando una vez más que los gays tenemos corazón de quinceañera.
Como no basta esta revista entera para describir el encuentro, me limitaré a reportar los momentos más significativos en orden cronológico:
Leonardo trae puesta una cachucha de beisbol y unos pants deportivos de gamuza gris (horrendos). Antes de despegar, Leonardo se toma una foto con su BlackBerry y se la envía a alguien (destinatario desconocido). Leonardo saca de abajo del asiento una bolsa de papel estraza de Burger King; se come una hamburguesa a grandes mordiscos y se la traga casi sin masticar; más tarde se come las uñas. Leonardo lee el guión de una película que se llama The Firm —igual que la de Tom Cruise— y repite el diálogo en voz baja. Leonardo pide un filete de atún y un refresco de limón. Leonardo enciende su computadora y ve un fragmento de un documental que mi pareja no consigue identificar. Clímax: Leonardo se levanta al baño; al pasar delante de mi pareja se le levanta un poco la chamarra de gamuza; usa calzones de The Gap; no se le ven las pompas por ningún lado. Leonardo se quita la cachucha antes de reclinar el asiento para dormirse; el pelo ha adquirido la misma forma de la cachucha, lo cual le da un aire ligero de oligofrénico. Leonardo se queda dormido un rato; no ronca. Cuando se despierta, mi pareja se atreve a hablarle por vez primera, fingiendo aún indiferencia: le ofrece un chicle; Leonardo lo acepta. Al tiempo que observo a Leonardo meterse el chicle en la boca, pienso: “Yo compré esos chicles”, y se me ocurre que es casi como si lo estuviera besando en la boca.
Cuando aterrizamos y estamos en proceso de desabordar, calculo los pasos de la gente para que Leonardo y yo lleguemos a la puerta del avión al mismo tiempo, pero por distintos pasillos. Lo dejo pasar antes de mí. Como no levanta la vista ni me da las gracias, pienso: “Pinche actor de mierda; ni que fueras Brad Pitt”.

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