Antes de que la aerolínea lo contratara, Kyle trabajaba en un The Gap. Como consecuencia, sabe doblar las sudaderas con cachucha con una técnica estupenda, que consiste en enrollar el torso de la sudadera para luego envolverlo y sujetarlo con la cachucha misma, creando así un paquete de algodón perfecto. Es, ya lo dije, una técnica genial.
Tengo, cuando menos, cinco sudaderas de esta índole. Una es gris y tiene las mangas desgastadas de tanto uso. La compré hace diez años cuando menos. Recuerdo que un ex novio la olvidó alguna vez en casa de un tipo con quien me puso el cuerno —la noche misma en que me lo puso—, pero afortunadamente la recuperó dos días más tarde. Es una sudadera cargada de recuerdos, no todos positivos.
Años más tarde compré otra sudadera gris, idéntica de no ser porque el tiempo apenas la ha marcado. Me gusta menos que su antecesora; es una prenda sin mucha personalidad.
Colgada de la parte interior de la puerta del clóset tengo una sudadera azul marino que sólo uso para ir y venir del gimnasio. A veces huele a sudor porque no la lavo muy seguido. No es un olor que me moleste; por el contrario, me hace pensar en los frutos del ejercicio energético.
Otra sudadera, también azul marino, dice “14th & Dolores”, que alguna vez fue mi dirección en San Francisco: un estudio sensacional en el que apenas viví un año, para luego mudarme al departamento de Fillmore St con mi amiga Christina. Esta sudadera pasará a ser mi favorita cuando la primera que mencioné, la gris con las mangas desgastadas, haya dejado de existir.
Finalmente, tengo una sudadera roja con amarillo que me gusta mucho pero que rara vez me pongo porque no se me ve tan bien como yo quisiera. La compré el año pasado. Cuando llegue la primavera veré qué tal se me ve con shorts, ya que con jeans la combinación no es muy afortunada.
Hace más de un mes que no veo a Kyle. Esta noche nos vamos a encontrar en Dallas. Se trata de un viaje más o menos espontáneo. No teníamos pensado vernos ya sino hasta su regreso de Oklahoma en enero, pero hace unos días decidimos que la espera era demasiado larga. Lo que más echo de menos es tenerlo a mi lado al momento de irme a dormir.
Quizá le pida en este viaje que me enseñe a doblar mis sudaderas. En verdad que su técnica es maravillosa, adorable, perfecta para mí.

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