Cuesta trabajo creerlo, pero ayer se legalizaron en el Distrito Federal —en mi Distrito Federal— el matrimonio gay y la adopción por parte de parejas del mismo sexo.
En los cinco años que llevo escribiendo mi columna, ambos temas han salido a colación repetidas veces de la manera más previsible: como queja. Me quejé de que en un país con tanto huérfano no se autorizara la adopción por parte de parejas capaces y dispuestas, y me quejé (tras un periodo prolongado de exaltación) de que las uniones civiles ofrecieran sólo las responsabilidades del matrimonio y casi ninguno de sus privilegios. Me cuesta trabajo creer que esas notas se hayan vuelto extemporáneas tan pronto.
Esta mañana fui a desayunar con mi amigo Rodrigo. (Rodrigo fue quien me sugirió que para el número de diciembre escribiera algo sobre la relación entre los gays de México y la Virgen de Guadalupe.) Le explicaba a Rodrigo que aún no tenía claro cómo mencionar el suceso de ayer en el número de febrero, ya que para entonces se habrá dicho todo lo que tenga que decirse. Durante la conversación salió al tema cierto comentario del cardenal Norberto Rivera. Al instante supe cuál será el enfoque de mi columna.
En el número de diciembre le declaré la guerra (de manera clara, pero timorata) a la Iglesia Católica. En febrero me lanzaré al ataque con un poco más de bravura.

DURO Y A LA CABEZA!!! Oh oh, eso se puede mal interpretar! JA JA JA
ResponderEliminarHola! Acabo de encontrar tu blog, y me parece que está muy chido.
ResponderEliminarMañana voy a darle una lectura completa.
Saludos
Hola, Alex. Qué bien que diste con el blog. Espero que te guste. Un fuerte abrazo.
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